Siempre hay un Café o por qué no, un Gin

No todos los días son iguales, aunque a veces parezca que sí... la rutina nos consume entre el café de la mañana, que a veces va de carrera o entre reuniones, una comida a medio saborear y el afán de terminar rápido para perder la cabeza entre un libro o apagarla con otra pantalla. 

Pero hay días... Hay días que ya no puedes más y te vas, te teletransportas a un lugar mágico con las fantásticas en la espalda y adornando tu cuello. Te despiertas en el paraíso donde no tienes nada más que arena, una tela que te cubre de la brisa y el sol, enorme, brillante que te llama a primera hora para despertar con él, para que se te ilumine el alma y se renueve la vida. Entonces, ahí, el café sabe diferente, más suave, más dulce, sabe... ¡¡¡Sabe!!! Y vuelves a la rutina, que ya no es rutina porque le diste la vuelta al corazón y vives de nuevo tu días, vas de nuevo a reuniones, te pierdes entre libros, pero sales a buscar la novedad y te permites volar entre arte. Te vuelves arte y condimentas la experiencia, le pones color a tu bebida, la conviertes en un bálsamo seco y amargo con el que bailas entre música, gente y cuadros. 

Continúas la vida, paseas entre días, tomas tu café y suspiras porque darle la vuelta al corazón no es darle la vuelta al mundo y hay temporadas que pesan. Las experiencias, las personas, el ruido pesa y sientes que esto te sobrepasa, que sola no das... Pero la vida te da sus ángeles, los que te llaman un miércoles para ir a pasear a sacarte del bucle. Y con ayuda del elixir, al cual le llaman Gin, te recargan la batería, te ponen a vibrar el pecho y volar la imaginación. 

Te das cuenta que darle la vuelta al corazón es darle la vuelta a TU MUNDO. Sales a jugar con las fantásticas, todo lo que necesitas cabe en ellas. Te adueñas de tus días, tomas un café que lleva mucho corazón, lo preparas lentamente y con atención para emprender un nuevo viaje al centro, a tu centro y al de la selva, a tu raiz donde te desconectas del mundo que conoces y entre aves, el sonido del agua y los colores de este lugar donde los ríos son de oro, las piedras guardan el color de las estrellas y el aire no entra a ti sino que se funde contigo en un frío que no hiela sino que abraza y purifica. Te vuelves a conectar con la vida, TU VIDA y tus sueños. Obvio tomas café, que hoy es con panela y sientes en el pecho esa determinación, la que te trajo acá, la que te ha hecho superarlo todo y la que empacas para darle la vuelta al mundo. Trabajas, viajas, tomas café de mil sabores, los pruebas amargos, cargados, dulces, ligeros y aguados, en taza corta, enorme, blanca y en porcelana de mil colores. Tomas tu café solo, con turrones, bizcochos, chocolates y caramelos. Lo pruebas todo, te nutres de todo y te conviertes en una Caja de Pandora que atesora mil memorias y emociones. Celebras tus esfuerzos. 

Vives y vives, hasta que un día, un día de tantos que te han construído la vida, un único día, te despiertas en el paraíso definitivo donde encuentras paz y libertad total. Y en la comodidad de tu cama, lo recuerdas todo, los altos y los bajos, los abusos, los excesos, la euforia y el vacío. Te das cuenta que has construído una vida a tu gusto, que tu hogar es todo lo que has estado buscando afuera: es recarga, liberación, conexión. Que cada cosa que has anhelado la has conseguido y lo tienes acá en tu cama, un libro, un cuaderno, el amor, un café y por qué no, un gin. 


Antónima. 

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